
El sufrimiento es un tema por demás escabroso y de difícil abordaje, pues es algo que aparentemente está en contra de la propia naturaleza humana, se piensa que es producto de “deficiencias” que pueden suceder tanto en el terreno puramente material (enfermedad, deterioro, pasibilidad, muerte), en el terreno moral (ser capaz de recibir injurias, agresiones, injusticias, todo sufrimiento causado en el terreno de nuestros sentimientos, sobre todo en el amor etc.), y por último, en el terreno espiritual (todo sufrimiento causado por el alejamiento con nuestro Creador) Hasta aquí llega nuestra concepción de dolor y sufrimiento, y esta es la causa principal de nuestro desconcierto, pues siempre lo hemos valorado como algo negativo, que una vez que ha llegado a nuestras vidas nos quita la paz, la tranquilidad, la felicidad, la salud, y en algunas ocasiones hasta la propia vida, que puede ser la vida material y, Dios no lo quiera, hasta la vida del alma. Este dolor y sufrimiento es el originado por el pecado, y por consiguiente es un acto que nos quita la parte mejor del ser humano, o sea los dones que gratuitamente Dios había dado a nuestro primer padre Adán, y que al perderlos nos condujo “naturalmente” a todo lo anterior, pues la vida feliz, sin penurias, sin dolor, sin muerte, y con la presencia de Dios en nuestras vidas, no eran atributos de la naturaleza humana, sino que eran dones sobrenaturales y preternaturales que le habían sido concedidos, pero no «gratuitamente» como siempre lo hemos pensado, no, sino que se le condicionó, se le puso una prueba, una renuncia, pequeña..., tal vez, pero al fin y al cabo una renuncia, y no hay renuncia, no hay desapego sin dolor y sufrimiento. Así que Dios nos pone algunas exigencias para admitirnos en su unión, y de acuerdo a la S. E. esta exigencia es la renuncia a comer de un árbol.
Tenemos ya dos clases de sufrimiento:
Ø Sufrimiento querido por Dios, impuesto por Él a su criatura y que tenía una finalidad excelsa, conservar los dones que nos había dado para mantenernos en su unión, para aceptarnos como hijos, como hermanos de Nuestro Señor Jesucristo, o sea hermanos del Hombre-Dios, por lo tanto, para ser hermanos, debemos tener la misma naturaleza que Él, y la misma naturaleza de nuestro Padre, o sea la Naturaleza Divina. [2] Para esto debería servir este sufrimiento, y debería de haber sido sufrimiento continuo, como continua debe ser nuestra unión con Él para darle Vida continua en nosotros.
Sufrimiento ocasionado por la desobediencia, por el pecado, y que no era querido por Dios, y que Nuestro Señor Jesucristo asumió para redimirnos, este es el sufrimiento conocido por todos, este es el sufrimiento NO querido por Dios.
Siempre que intentamos abordar el sufrimiento desde el punto de vista religioso, surgen infinidad de sentimientos contradictorios, pues no concebimos a un Dios “todo bondad”, “todo amor”, “todo benignidad”, “todo misericordia”, que pueda permitir estas situaciones, inmediatamente pensamos que va en contra de su naturaleza de Padre amoroso. Todo esto es porque únicamente valoramos el sufrimiento ocasionado por el pecado, y si nos atrevemos a pensar que Dios lo quiso, sería tanto como pensar que Dios quiso el pecado, y esto choca inmediatamente con nuestra idea de Dios, así que lo separamos totalmente de esta situación. Pero el sufrimiento nunca lo hemos vislumbrado como un acto comunicado por Dios mismo, querido y deseado por Él, por medio del cual, como ya dijimos, Él comunica a sus criaturas la parte más íntima de su esencia, y nos comunica su “Imagen y semejanza.” [3] Nos quiere hacer partícipes de su naturaleza Divina, [4] a la cual sólo podemos aspirar por medio del sufrimiento.